Peregrinación, no dimisión

Mariano Rajoy (de espaldas) y Ana Mato, durante la sesión de control del Congreso (FOTO: EFE)

Mariano Rajoy (de espaldas) y Ana Mato, durante la sesión de control del Congreso (FOTO: EFE)

Este Miércoles de Ceniza fue prolífico en llamamientos al reconocimiento de los pecados y a la penitencia de la dimisión en la Carrera de San Jerónimo. En este nuestro Estado aconfesional, los diputados suelen sufrir el influjo de la pintura de Moisés y las Tablas de la Ley que decoran el hemiciclo. Ayer mismo, Joan Baldoví, diputado de Compromís, se sacó la Biblia de la manga para recordarle al PP («ustedes, que son tan amigos de las mitras y las mantillas») que «no se puede servir a Dios y al dinero».

El primer penitente de la sesión de control fue el Presidente del Gobierno, que por su tono parece estar muy hasta el gorro de que le mencionen los sobresueldos y a L.B. “el innombrable”. Preparó el terreno Rosa Díez, que sin señalar a nadie advirtió de que la mancha de la corrupción política ensucia la imagen de España en el exterior e impide la recuperación económica. Rajoy, una vez más, reivindicó a la mayoría de los políticos honestos frente a las manzanas podridas (que haberlas haylas, y de qué tamaño).

Y entonces habló Rubalcaba. Se notaba que era su momento: el día de su particular “váyase señor González”, versión Rajoy Brey. El líder del PSOE sí se refirió directamente a la contabilidad “sobre-cogedora” del Partido Popular publicada por El País y le pidió a Mariano que abandone, lo deje, se vaya, renuncie… que dimita. La respuesta por la tangente de Rajoy provocó un coro de carraspeos en la bancada socialista, de la que también salieron varias menciones anónimas a unos sobres y un tal Bárcenas que al presidente no le constan. También debió pensar que la mejor defensa es un buen ataque, y retó a los dirigentes del PSOE a publicar, como él, sus cuentas personales y las de su partido.

Tras la negativa mariana a reconocerse culpable de avaricia, Joan Coscubiela, de Iniciativa per Catalunya, vio la apuesta de Rubalcaba y la subió: nada de una mera renuncia del presidente para dejar paso a otro del PP; dimisión de todo el Gobierno, disolución del Parlamento y convocatoria de Cortes Constituyentes (nada menos), Con Rajoy ya en el pasillo, Soraya se irguió en su escaño y respondió que lecciones las justas de un partido que había apoyado al tripartito catalán. Después recitó (sin chuleta) una retahíla de votos en contra del grupo La Izquierda Plural a algunas medidas del Gobierno para combatir la corrupción, lo que soliviantó a Llamazares, que agitaba los brazos incrédulo, y a Coscubiela, que separaba en el aire las sílabas MEN-TI-RA.

La escaramuza Soraya (la vice) vs. Soraya (portavoz del Grupo Socialista) dio paso a la flagelación de Ana Mato, que esperaba su turno con expresión pétrea. Eduardo Madina le dijo que encima que está liquidando la sanidad pública, la banda del señor Gürtel la pagaba los cumpleaños de sus hijos. Ella, sola bajo los escaños del PSOE, con voz a veces chillona, rictus muy serio y tarjetones con las respuestas escritas, volvió a esgrimir el argumento que ya usó cuando salió aquella historia del Jaguar: hacerla a ella responsable de los actos de su entonces marido es machista. Ah, y que las facturas de confeti eran del Getafe. Después de otros dos latigazos de diputadas socialistas de los que se defendió tildando las informaciones de infamias, la titular de Sanidad respiró tranquila y sin haberse “doblegado”.

Empezó entonces la peregrinación: los diputados populares acudían a la vera de la ministra doliente para apoyarla con palmaditas en la mano. Hasta Montserrat Surroca, de CiU, se acercó a Mato, que debía seguir dolida por las insinuaciones que le auguraban poco tiempo más en el Consejo de Ministros.

Acabó el flujo de peregrinos, la ministra se despidió de su flagelador Madina y desapareció con su cartera, quizás reflexionando sobre la fugacidad del poder humano y el versículo propio del Miércoles de Ceniza: «Polvo eres y en polvo te convertirás» (Génesis 3, 19).

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Juntos somos eternos

Referéndum Constitución 1978

 

“La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

Siguen pasando los años de España con la Constitución aprobada por los ciudadanos en referéndum el 6 de diciembre de 1978. Treinta y cuatro hace ya de aquel día en el que, por primera vez en nuestra Historia, el pueblo español se daba una ley de leyes para todos, y no de una parte contra otra. Después de siglos matándonos entre nosotros a garrotazos, los españoles de aquel momento daban a luz unas reglas de juego basadas en la libertad, la justicia, la igualdad, el pluralismo político, el Estado social y democrático de Derecho. Ojo. Palabras mayores en una tierra más acostumbrada al ojo por ojo, la servidumbre feudal y el “¡vivan las caenas!”.

Ese día ganamos todos. Ganaron los que votaron a favor del texto constitucional por convencimiento, pero también los que introdujeron el SÍ en su sobre por no volver a un pasado tirando a gris oscuro. No sólo ellos. Ganaron los que votaron NO por estar en desacuerdo con ciertos artículos de la Constitución, aunque simpatizaran con el espíritu que la impulsaba. También ganaron, aunque crean que no, los que pasaron de acudir al colegio electoral e, incluso, los que votaron que NO (aunque lo hicieran con todas sus fuerzas, como aquel vigoroso lema del PSOE en las elecciones generales de 2008). Ganaron porque, aunque rechazaran y rechacen el articulado de esta Constitución, ella misma es la que consagra su libertad de defender los cambios que quieran y establece las vías democráticas para hacerlo.

El 6 de diciembre de 1978 ganamos también todos aquellos que no existíamos cuando se celebró aquel referéndum, ya que gracias a aquel día (y, por supuesto, a otros muchos anteriores y posteriores) nosotros nacimos en la España más libre, justa y próspera de la Historia.

Claro que decir todas estas cosas mientras nos deslizamos hacia los seis millones de parados puede parecer una broma pesada. Pero aún así hay razones más que suficientes para celebrar este día, leyendo y reivindicando ese librito en el que pone cosas como que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. La de sangre que ha corrido en este país por esa idea.

Este año, el desafío de los independentistas catalanes y el agujero financiero y social pueden hacer que muchos miren la Constitución con más escepticismo del habitual. Por eso es tan necesario evitar que las olas de la crisis económica y política no sigan carcomiendo ese proyecto sugestivo de vida en común que a veces llamamos España y otras, simplemente, “este puto país”.

Como perfectamente dicen el manifiesto y vídeo de la Fundación Denaes, España somos todos. Entre todos se ha hecho y es cosa de todos seguir haciéndola o decidir cambiarla. La unidad siempre será mejor a la división y el individualismo. Porque, como dijo un tal Francisco de Quevedo:

“Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos”.

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El “Messías” de las 17:14

Vino al mundo el viernes 2 de noviembre en la clínica Dexeus de Barcelona. No es un bebé cualquiera, y no porque sea el primogénito del mejor jugador del fútbol del momento. Thiago Messi nació marcado por el destino, como aquel romance de las clases de Lengua y Literatura de la ESO:

“¡Abenámar, Abenámar,

moro de la morería,

el día que tú naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida;

moro que en tal signo nace

no debe decir mentira”.

La mar en calma y la luna crecida. Poquilla cosa comparado con salir del vientre materno catorce minutos después de las cinco. Según escribió el ex directivo del Barça Gabriel Masfurroll en su cuenta en Twitter (aunque después lo borró), el nacimiento del hijo de “la Pulga” se produjo exactamente a las 17:14. No es difícil imaginar a Masfurroll en el paritorio, arremangado y sudando, mirando el reloj mientras pide a la madre que aguante unos minutos por amor a la patria catalana.

Supongo que de tanto oír en el Camp Nou, desde la barriga de su madre, los gritos de “¡In, inde, independencia!” en el minuto 17:14, la insistencia le ha llevado a independizarse de su madre en tan insigne momento del día. Los cánticos no han caído en vano y a los “tuiteros” secesionistas se les ha derretido el teclado ante esa señal del cielo.

Thiago Messi aún no lo sabe, pero es el hijo de la estrella de un equipo, el Barcelona, que es “més que un club” para Cataluña, que para los nacionalistas es (o debería ser) més que una de las 17 comunidades autónomas de España. Sus padres son argentinos, pero para suerte suya, eso no le va a orillar en la travesía del pueblo catalán hacia la tierra prometida. El molt honorable presidente Artur Mas ha pedido apoyo en este caminar a todos aquellos que vivan en Cataluña, tanto los que tengan un apellido tradicional catalán como los que no.  Supongo que en la primera categoría se incluyen Ripoll, Guardiola o Tarradellas, así que en la segunda entran todos los demás. Incluido, por supuesto, Messi.

El hijo del dios del Barça ha llegado marcado por la fecha de la “ocupación borbónica española”. Alegraos, segadors del siglo XXI: en la ciudad de Barcelona os ha nacido el salvador, el Messías, el señor.

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F de fascismo

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Este martes 25 de septiembre, un conjunto difuso de organizaciones pretende “ocupar” o rodear el Congreso de los Diputados con el objetivo de forzar la disolución de las Cortes Generales, la dimisión del Gobierno y la supresión del Jefe del Estado. Así como suena.

La cosa empezó a gestarse hace unos meses y ya veremos en qué acaba. Las protestas que empezaron hace un año y medio, el 15 de mayo de 2011, van a intentar cruzar el Rubicón, acabar con el sistema existente y poner en marcha un proceso constituyente. Al igual que en la trama organizada por Armada, Milans del Bosch y Tejero, quienes pretenden subvertir el orden constitucional han puesto en la diana la institución más simbólica de la democracia parlamentaria representativa. Uno de los carteles que circularon por Internet durante las primeras semanas de gestación de esta acción resumía de una forma bastante simple su objetivo: rodeamos el Congreso y hasta que dimitan. “Y punto”.

Es cierto que el 25-S no cuenta con el apoyo unánime del 15-M, ya que asambleas de distintos barrios y ciudades españolas se han desmarcado de esta convocatoria, mientras que otras se han adherido a ella. De lo que no cabe duda es que “Ocupa el Congreso” es una respuesta lógica (totalmente radical, pero lógica) al grito de “No nos representan” que surgió en la Puerta del Sol. Si los diputados (o senadores, concejales, diputados autonómicos y provinciales, alcaldes, presidentes, consejeros, ministros…) no nos representan, hay que impedir que sigan ejerciendo como si lo hiciera. Es el “pueblo” el que tiene que ocupar el lugar de quienes han usurpado la voluntad popular.

En este caso, la legalidad casi es lo de menos. Sí, el artículo 494 del Código Penal castiga con entre seis meses y un año de cárcel a quienes “promuevan, dirijan o presidan manifestaciones u otra clase de reuniones ante la sede del Congreso de los Diputados […], cuando estén reunidos, alterando su normal funcionamiento”. Y como este, los artículos posteriores, que recogen los delitos para aquellos que impidan la actividad de los órganos legislativos de nuestro país. Pero, de llevarse a cabo, esta manifestación no sería una mera infracción tipificada como delito. Al coaccionar a los diputados del Congreso, los organizadores del 25-S están negando la soberanía nacional, están violando la voluntad de la Nación española. No es una manifestación más, porque su objetivo es derribar las columnas de nuestro sistema de convivencia.

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El 15-M recibió su bautismo de fuego infringiendo una de las leyes más importantes de toda democracia: la ley electoral. Se fumó la prohibición de la Junta Electoral de concentrarse pasada la medianoche entre el viernes y el sábado anterior a las elecciones autonómicas y municipales del 22 de marzo de año pasado y, al ver que podía actuar con total impunidad, abrió la puerta a que ya cualquier persona lo suficientemente cabreada (pero en un sentido determinado, claro) pudiera hacer de su capa un sayo: daba lo mismo acampar durante días en la Puerta del Sol o en la Plaza de Cataluña, echarse a las calzadas de las calles de Valencia y cortar el tráfico o, más recientemente, enfilar la salida de un supermercado sin pagar el contenido del carrito. La actuación de la policía, que está para aplicar la fuerza de la ley, brillaba por su ausencia, y cuando actuaba lo hacía tarde, mal y en medio de lamentos buenistas del tipo “Son nuestros hijos, señora vicepresidenta” (Soraya Rodríguez dixiti) que no han hecho sino envalentonar a los que no aceptan más ley que su santa voluntad y que buscan constantemente la foto de los manifestantes pacíficos, demócratas e indefensos frente a los orcos antidisturbios que los masacran para defender un orden político, económico y social corrupto y dictatorial.

Los organizadores de la “algarabía” de mañana dicen querer rescatar la democracia del secuestro que sufre por parte de los bancos, los ricos, la Troika y todos esos malvados. Supongo que la idea de marchar contra el parlamento la habrán sacado de la película de cabecera de todo antisistema que se precie: “V de Vendetta”. La cinta termina con una inmensa masa de personas, cubiertas por una capa negra y una máscara, dirigiéndose a la Cámara de los Comunes británica y superando sin problemas el cordón de soldados que sirven al tirano Adam Sutler.

Pero en esta vida ya casi todo está hecho. La estrategia de los ideólogos del 25-S es la misma que permitió a los jacobinos hacerse con el poder en la Francia revolucionaria de 1793, cuando los enragés de París (los “cabreados” o “indignados”, que ya habían pasado por la fase del asalto de comercios, aunque de forma más generalizada) rodearon su parlamento. Después de tres días de acoso a la Convención Nacional, la propia cámara cedió y provocó un cambio de régimen que desembocó en el Terror, comandado por Robespierre y la afilada hoja de la guillotina. Y hace mucho menos, apenas 90 años, un político italiano convocó a sus seguidores a marchar sobre Roma para acabar con el sistema parlamentario. Consiguió provocar el miedo entre la clase dirigente, y el rey le encargó formar Gobierno, tras lo cual su partido fue acaparando poco a poco todos los resortes del poder. Se llamaba Benito Mussolini y su partido era el Partido Nacional Fascista.

La Historia muestra cómo acabaron los procesos “destituyentes” que consiguieron acabar con sistemas parlamentarios representativos. Ahora nos toca elegir a nosotros.

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Cambio radical y pseudodemocracia

Laura Mintegi, en su presentación como candidata de EH Bildu a las elecciones autonómicas vascas (FOTO: Fernando Gómez, Hoy)

Batasuna tiene candidata. Con Otegi haciendo sombra en el patio de la cárcel de Logroño, la cuchipanda “civil” de ETA se embarcó en uno de sus cambios de look, como hacían antes en el “Diario de Patricia”, donde entraba una chica o un chico poco agraciados y salían igual, pero peinados a lo Llongueras y con otra ropa.

Atrás quedaron los hombres grises, sin corbata, con pendientes y barbas cerradas; atrás quedaron también las “nekanes” de mechas imaginativas en el pelo. Se llama Laura Mintegi y es profesora de universidad y escritora. Se entiende que da una impresión moderna, civilizada, culta, exquisita. Algo lógico cuando se está en plena limpieza, frotando los restos de amonal y gasolina, escondiendo los casquillos de bala, tapando las manchas de sangre y vísceras con el papel blanco de los comunicados.

Rufino, Pernando y compañía apradrinaron a la nueva careta etarra. Y Mintegi, en su primera aparición, dijo que España es una pseudodemocracia. Así como suena. Después de pensarlo un poco… pues sí, tiene razón.

Hay quien dice que ETA mata pero no miente. Yo creo que miente aún más que mata, porque toda ideología totalitaria se alimenta de la mentira. La nueva estrella del firmamento ‘abertzale’ justifica esa “pseudodemocracia” en que el Estado encarcela a políticos y periodistas por delitos de opinión e impide a los partidos políticos presentarse libremente a las elecciones.

Justo al contrario. España es, sí, una pseudodemocracia en varios sentidos (Mintegi lo sabe, aunque el fanatismo nacionalista le impida reconocerlo). Es una pseudodemocracia cuando las detenciones de terroristas se dosifican por decisiones políticas, cuando poco a poco se deja de apresar a etarras para que no se note y nos creamos que es “porque no se mueven”, cuando se decide un goteo constante (hoy uno, mañana dos, el miércoles otro, el sábado ponme tres), cuando se mantiene localizado a algunos de los líderes históricos de la banda (como José Antonio Urrutikoetxea Bengoetxea, Josu Ternera) y no se ordena su detención.

Es una pseudodemocracia cuando se da crédito a las palabras que unos delincuentes escriben en un papel y se ocultan o se resta importancia a los datos que demuestran la actividad logística y de reclutamiento de ETA. España es una pseudodemocracia cuando desde el Gobierno se pastelea con los terroristas que cumplen sus penas en prisión y se va deslizando la impunidad en los pliegues de palabras como “inteligencia” o “generosidad”.

España es una pseudodemocracia, no porque se encarcele a políticos y periodistas por opinar (están en la cárcel por ser los tentáculos de una organización criminal), sino porque sigue habiendo políticos y periodistas que no pueden ejercer libremente su labor en unas tierras donde se ha acosado, expulsado, secuestrado y asesinado a José Luis López de Lacalle, a Froilán Elespe, a Santiago Oleaga, a Manuel Zarrameño, a José María Portell

Sí, Laura Mintegi, usted tiene toda la razón. España es una pseudodemocracia porque el Estado y los encargados de su custodia han permitido que usted y su partido se presenten a unas elecciones. Gracias por la sinceridad. Aunque sea inconsciente.

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Cambiar el mundo con la palabra

William Wilberforce, en un discurso ante la Cámara de los Comunes (Amazing Grace)

«William Wilberforce siguió luchando contra la injusticia el resto de su vida. Transformó los corazones y las opiniones de sus conciudadanos en educación, sanidad y reforma penitenciaria para realizar su segundo gran sueño: hacer un mundo mejor». Con estas palabras en pantalla acaba Amazing Grace, una de las tres películas que sirven de frontispicio a este blog.

Esta obra de Michael Apted (2006) cuenta la historia real de cómo un hombre consiguió abolir la esclavitud en el Imperio Británico. William Wilberforce dedicó su vida a luchar desde su escaño en la Cámara de los Comunes por acabar con esa práctica inhumana que desde hacía siglos engrasaba la maquinaria colonial del Reino Unido.

Elegido diputado por Hull y por Yorkshire, tras llevar una vida de juergas Wilberforce se convirtió en un cristiano piadoso. En su camino se cruzó John Newton, un sacerdote que había sido antes capitán de un barco de esclavos y que compuso el himno que da título a la película, “Amazing Grace”. El joven William piensa en retirarse a la vida contemplativa; su amigo, William Pitt, futuro primer ministro, se niega a perder a un político tan valioso y organiza una cena con varios activistas contra la esclavitud. «Sabemos que tiene dudas para decidir entre Dios y la política; la sugerimos que haga ambas cosas», le dicen los que serán sus colaboradores en su titánica campaña.

Olaudah Equiano, antiguo esclavo, enseña su marca (Amazing Grace)

Los proyectos de abolición que presenta Wilberforce en el Parlamento británico naufragan una y otra vez mientras su salud empeora. El tráfico de esclavos estaba completamente arraigado en la vida económica y social de los británicos: eran sus sirvientes domésticos, sus conductores, los que trabajaban las plantaciones de cacao, algodón o café en las colonias. Miles de puestos de trabajo en los puertos de Gran Bretaña dependían de este negocio. Parecía una utopía pretender cambiarlo y William lo sabía. «Esto no cambiará», le dice derrumbado a su amigo Pitt. «Sólo si nosotros lo cambiamos», le contesta éste.

El joven diputado de los Comunes y los que lo ayudan comienzan una campaña infatigable para reunir argumentos, conseguir apoyos o recabar firmas a pesar del desprecio, las burlas y los fracasos (es memorable esa escena en la que un recién llegado de un largo viaje le pregunta si antes de ir al Parlamento puede ir a cambiarse de ropa o al dormir. «¿Dormir?», le contesta William sorprendido). Wilberforce tiene que enfrentarse a unos representantes, algunos incluso con intereses en el comercio de esclavos, que se niegan a perder el apoyo de sus votantes en los puertos. «Hablamos de la verdad; debemos mostrársela a la gente», dice convencido a sus seguidores.

Sin embargo, los reveses y la enfermedad lo acaban apartando de su lucha. Pero el amor de la que será su esposa, Barbara Spooner, y la constancia de William Pitt, lo animan a volver. «Sólo notas las espinas cuando dejas de correr», le dice este, en una frase con más enjundia de lo que parece, después de correr descalzos por el jardín.

Wilberforce presenta en la Cámara de los Comunes las firmas a favor de la abolición del comercio de esclavos

William Wilberforce consigue acabar prácticamente con el comercio marítimo de personas gracias a un truco parlamentario. La Cámara de los Comunes, incluidos sus más fieros enemigos, lo ovaciona de pie por haber conseguido llega a la meta. Años después, en 1833 se decretó la libertad de los esclavos poco antes de que su máximo impulsor muriera.

William Wilberforce (1759-1833), en un retrato contemporáneo

Amazing Grace es la historia de cómo se puede cambiar el mundo con la palabra. Esta película es un chute inmediato de optimismo para cualquiera que luche por algo que parezca imposible. Esto me recuerda la mejor cita de otra de las películas de la cabecera de este blog, Caballero sin espada: «Las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar». En Amazing Grace también es un joven político el que lucha por una utopía. El que sería el primer ministro más joven de la historia del Reino Unido, William Pitt, contesta con una hermosa frase a Wilberforce cuando éste muestra sus dudas: «Somos demasiado jóvenes para darnos cuenta de que es imposible. Por eso lo haremos».

Ver la película completa (aquí)

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Cómo ser un buen periodista de investigación

“Aquello que alguien poderoso no quiere que se sepa”. Así define Javier Chicote lo que es el periodismo de investigación. En este vídeo, este reportero da unos cuantos consejos útiles sobre cómo trabajar en esta especialidad.

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